Del grito secular moderno occidental “Patria o muerte” a la invocación sagrada “Allahau Akbar”

Ramón Grosfoguel

Prefacio del libro de Houria Boutedlja, “Los blancos, los judíos y nosotros. Hacia una política  del amor revolucionario” (Barcelona: Akal, 2017).

“¡Escucha, blanco”!, aquí encontrarás las claves de tu propia descolonización y la salida al entrampamiento en el que te ha metido la civilización “capitalista/imperialista/patriarcal/occidentalocéntrica/cristianocéntrica/moderna/colonial; y la autora de este libro, te hace una oferta “amorosa” imprescindible (si es que quieres salir de las guerras y del infierno en los que estamos)…

Aunque se trata de un libro escrito al interior del contexto francés, no deja de tener lecciones implacables tanto para los espacios metropolitanos imperialistas como para los espacios periféricos neocolonialistas donde la supremacía blanca se ha materializado. Si la Modernidad occidental como proyecto civilizatorio produce privilegios para los blancos metropolitanos –genera al mismo tiempo genocidios, epistemicidios, ecologicidios y muerte para el resto de las vidas humanas y no humanas) en el planeta-, Houria Bouteldja se pregunta: […] ¿qué ofrecerles a los Blancos a cambio de su ocaso y las guerras que se les anuncian? Sólo hay una respuesta: la paz, y sólo hay un medio: el amor revolucionario. Las líneas que siguen no son más que una enésima tentativa –seguramente desesperada- por suscitar esa esperanza.

No se trata de otra salida típica de los falsos profetas “new age”, donde la palabra “amor” entra en el circuito mercantil del capitalismo y en los códigos de dominación racial del imperialismo, sino una salida revolucionara que implica el fin de la civilización actual y la fundación de una nueva por medio de una revolución política descolonizadora. Parafraseando a los zapatistas: si la presente civilización produce un mundo donde un solo mundo es posible y los demás son imposibles, se trataría de producir una civilización donde otros mundos sean posibles y éste que tenemos se haga imposible. Pero la autora no da margen de escapatoria a los discursos de “inocencia” que siempre han permitido a los blancos de derecha y de izquierda escapar a su responsabilidad histórica. Para la autora, el discurso de “inocencia” es uno de los mecanismos producidos por lo que ella denomina como campo político blanco, que incluye desde la extrema derecha hasta la extrema izquierda, pasando por todas las corrientes políticas entre medio como campos constitutivos de lo que llama el sistema inmunitario blanco: “Yo los veo, los frecuento, los observo. Todos ustedes tienen esa cara de inocencia. Ahí reside su última victoria, haber logrado exonerarse de toda culpa […] Nosotros somos culpables, ustedes inocentes. […] Ustedes son ángeles porque tienen el poder para declararse ángeles y el de convertirnos en bárbaros. […] El indígena expoliado es vulgar, el Blanco expoliador es refinado. En una punta de la cadena está la barbarie, en la otra la civilización. Es bueno eso de ser inocentes: permite jugar a la candidez y estar siempre del lado amable…”

Los privilegios de la blanquitud se construyen sobre un sistema de dominación imperialista que ciega a la mayoría de los blancos con respecto de las opresiones que generan en el resto del mundo. Como dice Houria del filósofo francés más conocido del siglo XX (en relación a sus complicidades con el racismo genocida que el colonialismo sionista ejerce contra el pueblo palestino): “Decidirse por la derrota o por la muerte del opresor, así sea judío, ese fue el paso que Sartre no supo dar, ésa es su falla. El Blanco resiste. […] Sartre morirá anticolonialista y sionista. Morirá Blanco. […] Sartre no supo ser radicalmente traidor a su raza. No supo ser Genet…”

Tampoco se trata de una política sectaria esencialista “anti-blanca” que no permite alianzas políticas con la izquierda blanca. La invitación a una alianza política está siempre abierta en este manifiesto descolonial y en la práctica política de los movimientos descoloniales. Pero para avanzar en una alianza política se requiere previamente la creación de movimientos descoloniales autónomos que generen la fuerza política que permite negociar desde una posición de fuerza. Ésa es la clave del éxito de todo movimiento de sujetos racializados. Como Abdelmalek Sayad –pensador descolonial de Argelia citado en este libro- nos dice: “existir significa existir políticamente”. Sin política descolonial autónoma, no hay revolución descolonial, y sin alianzas políticas más allá de las fuerzas políticas descoloniales no es posible la transformación civilizatoria que exige el proyecto político descolonial.

Esto último no es un reconocimiento retórico, sino esencial para la política descolonial. Hacer política descolonial no es manifestarse por Facebook con insultos y ataques cotidianos contra todo el mundo; eso sería terapia individualista, pero no tiene nada que ver con hacer política descolonial. La revolución descolonial requiere de una transformación revolucionaria de la subjetividad, de los paradigmas, la ética y las estructuras de dominación. Atacar con insultos a los demás no tiene nada que ver con la política del amor revolucionario de la que habla Houria Bouteldja en este libro.

Un punto de aclaración: la “izquierda blanca” existe tanto en Europa, Estados Unidos, Australia, Nueva Zelanda y Canadá, como en América Latina, África, Asia y el Caribe, porque no se trata de un color de piel, sino de una epistemología, de una práctica política, de un modo eurocéntrico de ver, pensar, ser y estar en el mundo; se puede ser negro, mestizo, indígena o asiático, y ser parte de la izquierda blanca. Pero el asunto crucial aquí es que no puede haber alianza política con dignidad sin la crítica al eurocentrismo, al colonialismo, y al racismo que produce el paternalismo condescendiente de la izquierda blanca hacia los sujetos inferiorizados racialmente. Por ejemplo, veamos el conflicto hoy en Bolivia o Ecuador entre los movimientos indígenas que luchan por el “Buen Vivir” y la izquierda occidentalizada administrando los Estados cuyo horizonte de lucha es el “desarrollismo” y el “extractivismo”. La izquierda blanca en el poder, ante este choque de proyectos políticos, se comporta de manera condescendiente y paternalista frente a las demandas del movimiento indígena, y en ocasiones hasta con represión. Igualmente, vemos las dificultades de la izquierda blanca en relacionarse con sujetos racializados en sus propios territorios. Al mismo tiempo la alianza con la izquierda blanca es, más que fundamental, indispensable. Sin racializados descoloniales no hay revolución descolonial, pero sin blancos descoloniales tampoco. Como dice uno de los autores citados en este libro, Sadri Khiari, teórico y militante del Partido de los Indígenas de la República (PRI): “Ya que ella es la compañera indispensable de los indígenas, la izquierda es su primer adversario.”

Pero igualmente podemos plantear que este libro también nos dice: “¡Escucha, colonizado!”; ¡”Escucha, indígena!”; ¡”Escucha, negro!”; ¡”Escucha, gitano!”; ¡”Escucha, árabe!”; ¡”Escucha, judío!”; ¡”Escucha…!”. Aquí están las claves de su liberación también. No dejen de leer este manifiesto descolonial para el siglo XXI en la mejor tradición de Frantz Fanon, Sylvia Wynter, Aimé Césaire, Kwame Nkrumah, Leila Khaled, Amílca Cabral, Angela Davis, Gloria Anzaldúa, Alí Shariati, Malcolm X, Audre Lorde, James Baldwin, Jean Genet, Ella Shohat y todos los luchadores y luchadoras descoloniales del siglo XX. La autora tampoco da escapatoria a los sujetos colonizados; denuncia lo absurdo y limitado de los múltiples subterfugios y caminos de (auto)engaño que produce la estrategia de intentar blanquearse. No hay nada que ganar –y sí mucho que perder- en los proyectos miméticos de blanqueamiento mental, existencial, político y/o epistémico: imitación de modelos occidentalocéntricos, asimilación cultural a los valores occidentales o internacionalización del eurocentrismo epistémico de izquierda o de derecha.

Quizás deberíamos decir ¡”Escucha, occidentalizado!” para hablar de los blancos y no-blancos que hemos internacionalizado la occidentalización en nuestros cuerpos y mentes, porque en este libro no se salva nadie: ni la izquierda blanca, ni el feminismo, ni el movimiento LGBT, ni los propios sujetos colonizados, ni las poblaciones racialmente inferiorizadas dentro de las metrópolis (a los que llama “indígenas aristocráticos”); ni los movimientos de liberación nacional del siglo XX, ni el socialismo del siglo XX, ni los judíos que escapando del Holocausto alemán/occidental buscan su salvación en el sionismo contemporáneo, ni el islamismo político, ni la socialdemocracia, ni los neofascistas, ni la derecha clásica, ni los anarquistas… En fin, que no se salvan las versiones de derecha o izquierda de la Modernidad occidental ni las múltiples mentiras imperiales de esta civilización, tales como los discursos de “democracia”, “libertad”, “derechos humanos” o “civilización”, con los cuales justifican la carnecería de millones de seres humanos a escala planetaria. Nadie tiene una posición o salida cómoda porque en este entramado complejo que constituye la dominación occidental del mundo, nadie es inocente.

Para la autora, no se salvan ni los oprimidos ni los opresores. Todos tenemos diversos grados de responsabilidad, pero con la salvedad de no reproducir ni el relativismo imperialista blanco de que “todo vale” o “todos estamos igualmente oprimidos” (intentando borrar los privilegios de la blanquitud producidos por las jerarquías de dominación), ni los universalismos occidentalocéntricos coloniales que hacen de los valores blancos los “universalmente” superiores, justificando las jerarquías entre oprimidos y opresores. El “relativismo” y el “universalismo” son estrategias de evasión que constituyen dos caras de la misma moneda del sistema inmunitario blanco. El pluriversalismo como universalismo descolonial sería una salida a este dilema.

Pero tampoco se trata de un libro que hace críticas sin dejarnos alternativas. La propuesta que nos hace la autora es de fundamental importancia: para salir de la blanquitd y de su civilización Moderna occidental compuesta por múltiples jerarquías de dominación a escala planetaria. Propone un proyecto que sea simultáneamente anti-racista político, feminista descolonial, anti-imperialista radical, epistémicamente anti-eurocéntrico, anti-sionista intransigentemente crítico al mismo tiempo del anti-semitismo, y defensor del amor revolucionario como proyecto que nos permita la construcción de una nueva civilización más allá de las lógicas civilizatorias de muerte de la Modernidad occidental. Es decir, se trata de construir un proyecto político anti-sistémico hacia la fundación de una nueva civilización más justa, más democrática, y ecológicamente respetuosa de la vida.

Ya no es suficiente con decir que “somos anti-capitalistas”. Si el capitalismo es racista, genocida, patriarcal, epistemicida, ecologicida, eurcentrada, es porque está organizado y atravesado desde su interior por las lógicas civilizatorias de la Modernidad occidental. El capitalismo no es el fundamento del sistema como nos dice la izquierda blanca. El capitalismo histórico es la estructura económica de algo más fundamental: la civilización-mundo moderna occidental con sus múltiples jerarquías de dominación. Ésta es el fundamento del capitalismo histórico y no al revés. En el giro descolonial, es la Modernidad –con sus múltiples jerarquías de dominación a escala mundial- lo que constituye el fundamento de la civilización-mundo en que estamos metidos y que se hizo planetaria al destruir todas las otras civilizaciones. Como dice la autora, “Si la izquierda blanca nos dice expansión capitalista, por lo tanto lucha de clases sociales, nosotros respondemos: expansión colonial, por lo tanto lucha de razas sociales”.

Luego de varios siglos de expansión colonial europea partir de 1492, todas las civilizaciones existentes –con sus diversas formas de economía, autoridad política, ideología, cosmovisión, de relacionarse con otras formas de vida; con tecnologías más ecológicas y formas más igualitarias de relaciones de clase, género y sexualidad- fueron destruidas y se impuso la civilización de muerte que tenemos hoy. De ahí que en la perspectiva del giro descolonial no hace ningún sentido hablar de “choque de civilizaciones” (proyecto de la derecha pro-imperialista blanca), de “luchas anti-capitalistas” (proyecto de la izquierda radical blanca) o de “lucha por más modernidad (proyecto de la socialdemocracia blanca).

El “choque de civilizaciones” es una gran ficción porque hoy día existe una sola civilización planetaria. Tampoco hace sentido hablar de una exclusiva “lucha anti-capitalista” que no ponga en cuestión el proyecto civilizatorio de la Modernidad porque se termina reproduciendo nuevamente todo contra lo cual se está luchando. Esto último quedó demostrado con el fracaso del socialismo y movimientos de liberación del siglo XX, que terminaron siendo proyectos eurocéntricos que reprodujeron el paradigma de la izquierda occidentalizada al plantearse una lucha centrada contra el capitalismo sin cuestionar las jerarquías de dominación raciales, patriarcales, eurocéntricas, cartesianas, ecológicas, pedagógicas, epistemológicas, cristianocéntricas, etc., de la Modernidad. Fueron proyectos “anti-capitalistas modernos” o “anti-capitalistas eurocéntricos” luchando hacia la gran falacia de una “modernidad anti-capitalista”. Digo “falacia” porque la Modernidad produce el capitalismo histórico realmente existente, y si no desarrollas una lucha anti-sistémica contra las jerarquías de dominación de la Modernidad, vuelves a reproducir las mismas jerarquías contra las cuales estás luchando, incluido el capitalismo histórico en su forma de capitalismo de Estado, como pasó con el socialismo del siglo XX. No existe Modernidad sin capitalismo histórico, ni lucha anti-capitalista que pueda salvar la Modernidad. Finalmente, la lucha de la socialdemocracia clásica por “más modernidad” no nos hace falta porque la Modernidad no es un proyecto emancipatorio, sino un proyecto civilizatorio responsable del desastre planetario que tenemos hoy. Por tanto, no hace falta más Modernidad ni posmodernidad, porque ambos constituyen proyectos que no dejan de ser una crítica eurocéntrica al eurocentrismo dejando intacto el sistema civilizatorio de la Modernidad occidental.

Tampoco se trata de romantizar el pasado y volver a un pasado idílico pre-moderno, lo cual es imposible. Lo que se propone es un proyecto político más allá de la Modernidad, o como dice el filósofo de liberación latinoamericana Enrique Dussel, un proyecto hacia la “Transmodernidad” desde la diversidad epistémica del mundo. Es ésta la invitación que nos hacen todos los pensadores y pensadoras descoloniales, incluida la autora de este libro. Este proyecto no es de unos años, ni siquiera de unas décadas. Se trata de un proyecto de largo plazo, de uno o dos siglos. Si el proyecto civilizatorio de la Modernidad tomó varios siglos en formarse y consolidarse la Transmodernidad tomará igualmente varios siglos en formarse y consolidarse. La política descolonial hoy tiene la Transmodernidad como horizonte de lucha en el largo plazo y la lucha contra las jerarquías de dominación de la Modernidad occidental como horizonte de lucha en el corto y mediano plazo. De manera que si la Transmodernidad es un proyecto cuya temporalidad es de larga duración, tiene como requisito una lucha antisistémica hoy cuya temporalidad es de mediana duración.

Houria Bouteldja es una de las más importantes activistas y pensadoras descoloniales de nuestros tiempos. Es la portavoz del Partido de los Indígenas de la República (PIR) en Francia. El PIR es un movimiento descolonial autónomo que lucha por la descolonización de Francia llamando en el plano nacional a un “internacionalismo doméstico”, y en el plano internacional a un “Internacionalismo descolonial”. Su grito musulmán “Allahou Akbar”, con el que finaliza el libro, es una crítica al mito secular religioso de la Modernidad y significa lo siguiente: Allah es el/la más grande porque es la fuerza creadora de vida con inteligencia que está más allá de todo este mundo terrestre efímero y contingente. Es una fuerza que está más allá y que ningún ser humano puede alcanzar. Esta invocación es un llamado a la humildad contra la soberbia y arrogancia de los ego conquiro occidentalizados, y, sobretodo, a no idolatrizar/fetichizar/sacralizar ningún poder terrestre. Es una crítica a la idolatría y al fetichismo que los poderes terrestres producen al sacralizarse. Allahau Akbar es un llamado a desacralizar todas las relaciones de dominación que nos rodean desde los faraones hasta los imperios y el Estado-nación moderno. Como dice Enrique Dussel en su teología de la liberación, la condición de posibilidad de la crítica radical es ser ateo ante todo poder terrestre. Si sacralizas el imperio, eres un creyente del Dios de los opresores. La crítica a la Modernidad es también una crítica radical al falso secularismo que nos intenta distanciar de Allah, la Pacha o el Ubumdu como principios cosmológicos holísticos de la producción y reproducción de la vida, para reemplazarlos por los falsos dioses de la Modernidad como el capital, el Estado moderno, el imperio, el hombre blanco, el dualismo cartesiano, la ciencia moderna, la cultura/valores/epistemología occidental y el dólar/euro, todas deidades destructoras de la vida. La crítica descolonial es sobre todo una crítica a los dioses de la religión planetaria menos reconocida: el culto a la Modernidad.

La modernidad siempre crea la idea de “pueblos con problemas” –“el problema judío”, “el problema indio”, “el problema negro”, “el problema musulmán”-, mientras los dioses de la Modernidad son propuestos como “solución”. Lo que nos recuerda Houria Bouteldja es que el problema es la Modernidad y no los pueblos que ésta inferioriza. No se puede ser descolonial si todavía idolatramos la Modernidad y la vemos como proyecto a imitar bajo la ilusión de un proyecto emancipatorio. La Modernidad es ante todo un proyecto civilizatorio colonial de muerte. El binarismo secular/religioso es el mito impuesto por la civilización moderna occidental en sus proyectos coloniales para destruir las espiritualidades/saberes/epistemologías de los pueblos, con el fin de facilitar la imposición de los falsos dioses de la modernidad. Si la Modernidad en su expansión colonial desencantó el mundo, la descolonización transmoderna significa re-encantarlo.

Otro punto de aclaración: indígena en este libro es el término que fue usado por el imperio francés para nombrar a todos los pueblos dominados y explotados en sus colonias; de manera que no se refiere únicamente a los pueblos originarios, sino a todos los pueblos colonizados por el imperio francés desde los vietnamitas hasta los antillanos. En castellano sería más adecuado traducir el uso de “indígenas” en este libro como equivalente a “sujetos coloniales” o “sujetos colonizados”. El PIR usa el término “indígena” como identidad política para nombrar a todas las poblaciones que aunque nacidas y/o criadas dentro de Francia son todavía racialmente inferiorizadas.  Los indígenas de hoy viven condiciones indignas parecidas a las de la época del colonialismo francés, cuando existían las leyes racistas del “indigenato”. El lema del PIR es “somos los indígenas de la República francesa” para denunciar que seguimos viviendo bajo el yugo del racismo colonial aunque las administraciones coloniales hayan terminado en gran parte del planeta, y aunque estemos habitando al interior de la república francesa que se reclama defensora de los derechos humanos, de la libertad individual y de los derechos ciudadanos. La hipocresía de estos discursos es evidente. Esos derechos son reconocidos a las poblaciones blancas de la República y pisoteados diariamente a los no-blancos. En fin, que para el PIR la categoría indígena nombra una identidad política y no una identidad esencialista/culturalista. Los sujetos raciales/coloniales fuera (neocolonialismo) y dentro (colonialismo interno) de los centros metropolitanos siguen viviendo bajo el yugo del racismo de la colonialidad del poder.

Si la explotación de clase produce lucha de clases sociales, y la dominación de género produce lucha de géneros sociales, la dominación racial produce lucha de razas sociales. No importa cuántas veces Houria Bouteldja haya aclarado que las “razas” son construcciones políticas/sociales y que categorías identitarias como “blanco”, “negro”, “indígena”, “indio”, forman parte integrante de un sistema de dominación racial, todavía hay gente que por equivocación o mala fe sigue leyendo en sus escritos un reduccionismo epidérmico o un esencialismo reduccionista. El anti-racismo que se defiende en este libro no es uno moral, sino político, porque el racismo es siempre institucional, estructuralmente imbricado con jerarquías de dominación de género, clase, epistemológicas, pedagógicas, espaciales, ecológicas, religiosa, etcétera.

El uso de “descolonialidad” hoy día no es reductible a un proyecto de “independencia y soberanía” frente a una administración colonial, como se entendía en el siglo XIX y XX. Es eso y mucho más porque la colonialidad, al ser el lado oscuro de la Modernidad, tiene una multiplicidad de jerarquías de dominación que no se reducen al colonialismo. Descolonialidad ya no es el grito secular/moderno de “patria o muerte” hacia la creación de un Estado-nación. Crear estados-naciones es repetir la autoridad política de la Modernidad, cuya pretensión es producir una correspondencia de uno a uno entre la identidad del estado y la de las poblaciones dentro de su territorio. Esta ficción no existe en ninguna parte y ha creado más problemas que soluciones dondequiera que se ha impuesto. De ahí la lucha descolonizadora de los pueblos indígenas en las américas por construir estados plurinacionales como respuesta a los problemas del Estado-nación. Pero “plurinacionalismo”, si bien se opone radicalmente al asimilacionismo, tampoco es equivalente al “multiculturalismo liberal”, donde el poder central de la nación blanca dominante le da migajas a los grupos inferiorizados racialmente o a las naciones sin Estado para que “brinquen y salten” en su “carnaval”, pero a cambio de que “no cuestiones quién manda aquí”. El “multiculturalismo liberal” es un reconocimiento culturalista superficial a las identidades oprimidas, pero sin cambiar las jerarquías de dominación. El concepto plurinacionalidad de los movimientos indígenas latinoamericanos es muy distinto: es el reconocimiento horizontal y sin jerarquías al hecho de que somos múltiples naciones coexistiendo dentro de un solo Estado y que deben entonces estructurarse como estados plurinacionales. Se trata de un reconocimiento a la autodeterminación y soberanía popular de cada nación sin que una se imponga sobre la otra. Para esto es fundamental partir de la diferencia epistémica de cada nación para desde ahí construir posibilidades de vivir juntos respetando las diferencias. El reconocimiento a la soberanía popular puede resultar en la creación de estados independientes que no reproduzcan nuevamente el concepto moderno/colonial de Estado-nación o resultar en la descolonización de los estados-naciones actuales hacia estructuras plurinacionales dentro de su territorio, donde todos manden obedeciendo a sus respectivas comunidades. En resumen, que el Estado-nación, en su vertiente asimilacionista o multicultural liberal, es la estructura por excelencia de autoridad política de la Modernidad en donde el que manda, manda sin obedecer a las comunidades. Descolonizar la autoridad política de la Modernidad significa organizar estados más comunitarios, más comunales, más democrático-participativos, más allá de la prisión del estado-nación.

Por otro lado, Houria Bouteldja también nos recuerda que si bien no todo anti-imperialismo y anti-colonialismo es descolonial, todo descolonial tiene que ser –ante todo- radicalmente anti-imperialista y anti-colonialista. Pero lo “descolonial” se hace moda. Hay mal llamados “descoloniales” hoy que son muy coloniales en la medida en que no son radicalmente anti-imperialista ni anti-colonialista, como demuestra el debate sobre Venezuela. Repiten todas la tesis coloniales de la derecha neoliberal pro-imperial, pero de manera más perversa, porque lo hacen a nombre de una visión supuestamente “descolonial”. Descolonialidad sin anti-racismo político o descolonialidad sin anti-imperialismo es como café sin cafeína o un panal sin miel. En el fondo de estas manifestaciones “descoloniales coloniales”, o de “colonialistas descoloniales”, se trata de liberales que piensan desde las categorías del individualismo atomizado, la democracia liberal y las libertades individuales de las que gozan los blancos a costa de la dominación y explotación del resto de la humanidad. Reducir identidades y grupos que siempre se han construido en la realidad social como colectivos a “individuos atomizados” es uno de los grandes mitos del liberalismo como ideología dominante de la civilización-mundo moderno occidental.

En este libro de Houria Bouteldja le declara la guerra abierta al liberalismo como uno de los mecanismos por excelencia del imperialismo para hacer invisible la dominación racial a escala planetaria. El sistema imperialista está organizado a través de la supremacía blanca. Si la dominación racial imbricada con el sistema imperialista mundial produce  por un lado a los “condenados de la tierra”, simultáneamente produce de otro lado a los “afortunados de la tierra”. Los privilegios raciales de los Unos se producen por la violencia y la desposesión sobre los Otros. Riqueza para los Unos significa pobreza para los Otros. La democracia para los Unos se fabrica por medio de la violencia, el despojo y el despotismo sobre los Otros. Las libertades y los derechos individuales liberales que otorgan los privilegios de la blanquitud para unos pocos en el planeta se producen por medio del autoritarismo y el saqueo hacia los Otros mayoritarios. Los estados liberales occidentales no son democracias sino plutocracias que viven del robo a escala planetaria. No hay paños tibios ni salidas engañosas en este libro. Si te causa repugnancia e indignación, si te escandaliza lo que dice, si te provoca náuseas, no te equivoques: es la voz de protesta del blanco que llevamos por dentro. Y puedo escuchar el llamado de Houria Bouteldja ante esta voz diciéndonos: por una política del amor revolucionario que pone como prioridad el bien de la humanidad, ¡traiciónala!.
Ramón Grosfoguel es un sociólogo puertorriqueño y profesor en la Universidad de California en Berkeley,  miembro fundador del grupo de investigación Modernidad/Colonialidad (Grupo M/C). Define su pensamiento como perteneciente a la corriente decolonial.